El piloto

Historia de la Vida Real

Por: J. W. Roldán                                                                   

             En el mundo, hay una variedad de personajes que representan a diario la comedia humana. Sin ellos, la vida se tornaría monótona e intrascendente.  Tal es el caso de esta historia de la vida real que hoy quiero narrarles:

             Era él, un compañero en la universidad, donde yo estaba estudiando Ingeniería Civil, en Bogotá, capital del país, Colombia. Había venido de una zona campesina, en las altas montañas andinas, donde sus padres sembraban el café que habría de recorrer después el mundo aromatizando los hogares y tiendas que lo servían. Cuando se habla de ‘campesino’, no necesariamente se entiende que sean pobres, puesto que los hay muy ricos, –aunque sin cultura y sin preparación académica. Tal era el caso del estudiante-campesino, del que hoy hablamos.

            Mi compañero de clase tenía una cara de ingenuidad como pocas, pero al mismo tiempo irradiaba bondad, no obstante que sus saltones ojos negros, con la expresión de un conejo a punto de ser cazado, y su cabellera siempre despeinada, –de rebeldía inmanejable, le daban un aire de loco. Súmenle a la anterior descripción, su hiperactividad galopante. Su mentón era bastante curvo, lo que le hacía parecer como un viejo desdentado, –no obstante su juventud sin estrenar.  Es así como lo recuerdo en este momento.

            Entre las penosas y complicadas asignaturas que debíamos tomar, había una que se llamaba “Aerofotogrametría”.  Era una materia de estudios dedicada a enseñarnos la interpretación de datos tomados de fotografías aéreas, para convertirlos posteriormente en precisas curvas de nivel y localizaciones exactas de la topografía del terreno, desde el punto de vista topográfico. Existen aviones especiales que hacen vuelos sobre el terreno que se deba analizar y sus resultados posteriores son muy precisos, como ya lo había mencionado.

En el pequeño grupo de amigos que suele formase en los colegios y universidades, uno de ellos, (y quien se convertiría con el paso del tiempo, en un gran amigo mío), solía reunirse con el estudiante-campesino y otros vagos del momento, a jugar a las cartas, tomar licor como si temiesen que se agotaría pronto, y comentar cuál era la chica de más impacto que deambulaba por los pasillos del claustro universitario: eran temas muy recurrentes, propios de la gente joven.

 Generalmente, nuestros pacientes y abnegados padres tenían que enviarnos una suma fija mensual para nuestra manutención, principalmente a quienes vivíamos fuera de la ciudad. Pero, si por cualquier motivo, quedábamos cortos de dinero, debíamos recurrir de nuevo, a ellos, pidiendo a gritos que nos tiraran un salvavidas, –antes de ahogarnos en deudas. Tal era el caso del momento en que recibíamos la lista de libros y utensilios que habríamos de necesitar en cada semestre.

 Bien.  Aquél a quien bauticé con el honorífico nombre de ‘amigo’, le inventó al estudiante-campesino la historia de que su padre era tan solvente, pero tan rico, (y, a la vez, tan ingenuo e ignaro), que éste le enviaba siempre en cada semestre una doble lista de libros: una en español y la otra, en inglés, con el mismo pedido. Y que el abnegado padre, le giraba el dinero necesario para suplir sus necesidades, –sin chistar una sola palabra. Además, nos aseveró que el desconsiderado hijo, le escribía, contándole que, la materia de “Aerofotogrametría”, requeriría la compra de una avioneta para poder tomar las fotografías necesarias y poder así hacer un trabajo adecuado. Ni qué decir del curso de pilotaje que debía tomar, para poder manejar con propiedad, el adminículo aéreo. Y todos reíamos a carcajada batiente, ante semejante ocurrencia, producto de nuestros años juveniles.

¿Pueden ustedes creerlo?