¡Mi Voz! es un concurso literario ABIERTO Y GRATUITO para la personas que NUNCA hayan publicado sus escritos y que NO sean escritores profesionales. Envíe ya mismo su HISTORIA DE LA VIDA REAL, propia o de otra persona, que más les haya impactado en su vida, con posibilidades de ganar un premio en efectivo y la publicación gratuita de la misma. Escritor invitadoWalther Llanos Roldán (1943 -), –quien firma sus obras como, J. W. Roldán, comenzó a escribir desde niño por propia satisfacción; en su edad adulta está dedicado de tiempo completo a la profesión de escritor. Nació en Colombia. Tiene una larga trayectoria profesional como ingeniero civil en el campo de la construcción. Actualmente, es ciudadano canadiense y reside en Toronto. De gran sensibilidad; por lo tanto, el comportamiento humano es tema recurrente en sus obras. Ha escrito varias novelas de ficción y cuentos cortos, entre otros: La pianista de las manos tristes, El Albino, El judío de los zapatos, largos, La Negrita del Batey. La Médula del Amor. Mi profesor de literatura Por: J. W. Roldán
De la niñez y juventud, quedan siempre recuerdos de algunos profesores muy peculiares. Tal es el caso del “señor Arango”, –mi profesor de literatura en el bachillerato. Don Luis Eduardo era un hombre de baja estatura, de cintura redonda repleta de pasividad, aunque no podría aseverar que era gordo del todo. Su tez era un poco cobriza, de cejas muy pobladas, y con unos anteojos gruesos de montura café. Siempre conservaba sus mangas de la camisa remangadas hasta la mitad de sus brazos, lo que le permitían mostrar sus largos vellos negros y largos y su fortaleza muscular. Tenía unas manos muy bien cuidadas y sus uñas permanecían siempre bien cortadas. Usaba una impecable camisa blanca de cuello y una eterna corbata de color morado oscuro, que nunca recuerdo haberle visto que se la hubiese cambiado durante el tiempo en que nos dictó clase. Se me quedaron grabadas en mi mente dos situaciones respecto a él, muy definidas, como para pretender olvidarlas: vivía enfrente de la puerta principal de entrada a mi colegio y era el padre de cuatro encantadores retoños, a cual más de bella y bien conformada. Tengo que incluir aquí a su esposa, digna dama que parecía un poco distante en el trato, pero que, al entablar conversación con ella, era un encanto de mujer. Nuestro inolvidable profesor de literatura, era un hombre realmente humilde y de una bondad que nos hacía olvidar las dificultades que la conjugación de los verbos y las confusas reglas de ortografía acompañan al castellano –bella lengua heredada de la ibérica España. Para mi fortuna, logré asimilar con rapidez todas sus enseñanzas y las pocas correcciones que mi profesor tuvo que hacerme, de tal manera, que aún recuerdo con nitidez, las palabras que yo solía escribir mal y que apenas fui corregido por el paciente don Luis Eduardo, no volví a repetir esos errores. Vendrían otros nuevos, como suele suceder en nuestras actividades diarias de la vida.
Don Luis Eduardo tenía una estilográfica Parker 51, de color verde claro, con tapa bañada en oro. La cuidaba más que a sus hijas y a su esposa, juntas. De allí, que mis compañeros de clase y yo –chicos que gozábamos con muy poco– nos turnábamos para solicitar a nuestro querido profesor que nos prestara su pluma estilográfica con cualquier disculpa inventada.
—«Más fácil es que le presté mi mujer, jovencito», —solía contestarnos con rapidez y mucha jocosidad.
Todos gozábamos de lo lindo, (incluyéndole a él) con esa frase repetida durante todo el año. Claro que nunca se atrevió a decir lo mismo acerca de sus hijas: —«Más fácil es que le preste una de mis hijas, jovencito», —puesto que alguno de nosotros no se hubiera graduado, por la carga que hubiera tenido que sobrellevar, siendo tan joven, al haber sido el padre de una rozagante criatura, y teniendo de suegro al buen maestro de literatura. De verdad, que hay algunos profesores que nunca pude olvidar: ¡gracias, don Luis Eduardo!
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